Desconozco si esta situación es exclusiva de Puente Genil, creo que no –o eso espero-. Los actos vandálicos están proliferando sobremanera en nuestro pueblo; el dónde, el cómo y el cuándo ha llevado a las autoridades a pensar, y en algunos casos confirmado por testigos y cámaras de vigilancia, que son adolescentes los delincuentes que, o bien destrozando mobiliario urbano, o bien garabateando con espray, los que están destruyendo el patrimonio de todos los pontanenses.
Destrozan parques infantiles como el de la Ribera San Luis, hacen pintadas descalificadoras como las que hubo en la plaza de abastos de El Romeral o insultantes como las del parque infantil de la calle Esposos Ortega y Vergara, realizan grafitis en el callejón Cantaor Pedro Lavado, convierten en murales las paredes el parquecito de la calle Miralrío o garabatean la emblemática plaza de El Calvario; esto son muestras más que suficientes de que el gamberrismo y los actos vandálicos son la única salida a las frustraciones, el aburrimiento y la hiperactividad asociada a la adolescencia.
Atrás quedó el esfuerzo de los padres -y de la sociedad en general- en formar parte de la educación de la juventud, con añoranza recordamos a los padres que, ante el desapego de sus hijos a los libros, les obligaban a aprender una profesión, la del padre o conocido que, aunque con un sueldo mínimo, se afanaban en darle un futuro al chiquillo, pero sobre todo una ocupación “que sacara al niño de la calle”.
Con una falta de respeto hacia la autoridad muy generalizada, tanto en los hogares como los centros de estudio, con un horizonte laboral muy negro, con una falta de conocimiento enorme y con una administración incapaz de hacer un plan educativo atractivo que forme a una generación que ha decidido que el mejor destino que debe tener un libro es quemarlo, se vislumbra un futuro, a cualquier plazo, descorazonador.
Con el servicio militar finiquitado, con cientos de miles de jóvenes en paro, que en el mejor de los casos cuenta como única formación la de peón albañil, y con profesores inhabilitados para crear en si mismos una figura respetable, da como resultado más de un millón de españoles de entre 16 y 24 años (algunos estudios la horquilla la enmarcan de los 15 a los 29) que ni estudian, ni trabajan, la generación “ni-ni”, en inglés los NEETs (no education, no employment, no training).
En manos de las administraciones está crear el mecanismo para que cuanto antes esta generación renuncie del mal uso de la calle y pase a remangarse en pro de construir un futuro profesional para ellos y una regeneración estabilizadora para España. Son por tanto dos los caminos a seguir para conseguir el compromiso de estos jóvenes –y de los que vienen- consigo mismos y con la patria que los acoge: la educación y la disciplina.
- Defenestrada la mili, queda en manos de los padres, sólo y exclusivamente, la enseñanza hacia el respeto a las personas y las cosas de nuestro entorno, para ello las administraciones tienen la obligación de comunicar a voz en grito que los responsables civiles y subsidiarios de los actos de estos jóvenes son sus padres. Fue este el anuncio definitivo que anuló por completo los destrozos que la kale borroka (cachorros de ETA en Vascongadas) llevaban a cabo en sus manifestaciones (quemando autobuses, destruyendo mobiliario urbano, rompiendo escaparates).
- En segundo lugar, los gobiernos central y autonómico, reiniciando las inversiones en investigación y desarrollo, tienen que volcar sus esfuerzos en crear una red de centros de Formación Profesional como base del nuevo modelo económico que debe crearse en España. La formación actual, básicamente adquirida en sectores del orbe de la construcción, será insuficiente cuando, Dios quiera que más pronto que tarde, esta situación de crisis haya pasado. La economía nacional no volverá jamás a basarse en la construcción, pero si en las nuevas tecnologías, en las energías renovables y, en definitiva, en modelos de negocio que necesitan la inversión pública en investigación y desarrollo; no hablo de futuro, sino de trenes productivos a los que España tiene que subirse educando a la generación de jóvenes que ahora pueblan las calles litrona en mano. La Formación Profesional, a medio plazo, debe convertirse en la “fábrica” de técnicos y especialistas que desarrollen los resultados de la investigación y el desarrollo; y las Escuelas Taller, a corto plazo, es la herramienta con la que las corporaciones locales deben dinamizar la economía municipal –innovando en el campo y desarrollando la industria agroalimentaria, el turismo y la hostelería- al tiempo que se crean jóvenes preparados en el autoempleo.
Estas dos vías son las que llevarán a conseguir una mentalidad responsable en la juventud española, a la vez ayudará a que los inversores internacionales a que vuelvan a confiar en nuestro país, esta vez con la consistencia que da la base de la educación y la preparación profesional en sectores verdaderamente productivos.
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